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miércoles, 2 de noviembre de 2016

SÍMBOLO

SÍMBOLO

Y es que hoy en día la actitud científica 
ha llegado a dominar de tal manera que 
a muchos les parece incomprensible que
 el hombre trate de desarrollar también 
sistemas de símbolos cuyo objetivo sea 
representar el mundo de otra manera 
distinta a la descripción analítica”.

Christian Norberg Schulz

Cuando en su afán por conservar lo esencial de una cultura todos los recursos creados por el hombre se agotan, surge el símbolo como depositario último con la capacidad de contener lo inefable. Esta esencia final de la cultura podrá luego ser contemplada, recreada y entendida por nuevas generaciones y seguramente así trascenderá.   
Fernando de Szyszlo, El lugar, los instrumentos VII

Su eficacia para contener y transmitir lo que otros medios complejos no pueden, reside en la confianza  depositada en la sintaxis antes que en la semántica. Los significados contundentes, categóricos, cerrados, si bien pueden ser útiles en un tiempo presentan serias dificultades para demostrar validez en escenarios en donde los referentes han sido modificados. En su lugar, el lenguaje del símbolo en su carácter abstracto, abierto, metafórico, no descriptivo sino más bien referencial, es eficiente para tomar de la materia contemporánea lo que le es necesario y desplegarse mostrándose accesible ante el nuevo contemplador.

Geoglifos de Nazca, detalle de cóndor.
Si el símbolo fuese descriptivo seguramente se agotaría al interior de sus propios límites. El símbolo, para cobrar sentido, necesita asirse de un sistema existente coherente, es decir, una cultura. Es al interior de esta y no de manera aislada en donde rompe su clausura y se renueva trasladándonos a territorios en los que el espacio y el tiempo cohesionan más que limitan.
Todos los contenidos cargados en el símbolo, concentrados en algunos casos en tan solo un par de líneas que se cruzan, han sido provistos por la historia. Esta, en su capacidad de conjuntar tradiciones de diversos orígenes, talla al símbolo de tal forma que desde su simplicidad lo vuelve poliédrico. Así, el símbolo será capaz de mostrarnos la cara que requerimos, la que en ese momento queremos ver, la que necesitamos.
Iglesia de la luz, Tadao Ando.
Proponiéndonos detectar el mecanismo más eficaz creado por el hombre en la tarea de depositar sus símbolos la arquitectura destaca con absoluta nitidez. El contacto permanente a través del cual comerciamos con ella, así como su perdurabilidad temporal que excede con creces nuestros ciclos biológicos, fue reconocida desde sus inicios como útil para cargarla con símbolos y hacerla depositaria de los rasgos más esenciales de lo producido dentro de una sociedad. La arquitectura se encargaría no solo de conservarlos, sino que a través de sus formas y espacios de organizarlos, estableciendo jerarquías y presentándolos de manera ordenada a manera de un programa entendido solamente a través del habitar.
Solamente la literatura en su versión poética y mitológica podría competir con la arquitectura en el importantísimo encargo de conservar el mundo simbólico. Recreados a través del verso o de la prosa el lenguaje literal es tan prolífico como eficiente. Y al interior de este, los grandes símbolos arquitectónicos vuelven a ser recurrentes: El laberinto de Creta, el templo de Salomón, la civitas Dei; guardan en la palabra la potencia contenida de querer reconstruirse con la materia que diversos tiempos y lugares le ofrecen.
La arquitectura pues, no es solo depósito de símbolos, es algunas veces símbolo habitable. Construcciones creadas para serlo, o edificios anónimos que el tiempo y los hombres le han conferido tal estatus se hallan diseminados por las ciudades creando una estructura superpuesta cada vez menos atendida por el habitante común acostumbrado a merodear por las superficies pero no a frecuentar profundidades.
Catedral de Chartres, detalle de laberinto en el piso.
Y sin embargo la arquitectura simbólica permanece allí, pese a no ser entendida voces atemporales impiden devastarla, Intuimos a través de ellas que tiene algo más por decir, y desde la oscuridad de lo cotidiano sabemos que todavía puede encender su luz para guiarnos al centro del laberinto.

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