Advirtiendo la imposibilidad de vivir
a perpetuidad bajo los rigores del tiempo ordinario, toda sociedad construye un
calendario alterno cuya función consiste en incluir la pausa y la distensión en
medio de las rutinas que son propias de los roles que cada quien asume como
pago por la vida comunitaria. La división del tiempo humano en ciclos
reiterados no es solo una sumisión a las fases astrales; días, semanas, meses,
estaciones y años llevan impregnadas las disposiciones humanas hacia la tensión
y el relajo.
La fiesta, tenga esta un carácter
religioso o profano, surge de la necesidad de transgredir las barreras con las
que lo habitual nos limita y hace descender los niveles de racionalidad útiles
para los comportamientos de la cotidianidad. El cierre de ciclos sean estos
cortos o extensos, personales o comunitarios, inducen a los intervalos
conmemorativos que en muchos casos se vuelven festivos.
Desde tiempos remotos la estructura de
la fiesta planteaba como condición inicial la renuncia a la moderación, para
aventurarse por la ruta de los excesos. No es que lo lúdico o lo hedonista
hayan constituido el fin primordial; por el contrario, en esas épocas quedaba
mucho más claro que eran medios para alcanzar un estado de conciencia alterado
proclive para acceder a tiempos y espacios alternos al ordinario. Al interior
de ellos revivían los mitos y la convivencia con seres inmateriales se tornaba
más certera. La fiesta se entremezclaba con el rito y adquiría sus formas.
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Fiesta de la cruz. Martín Chambi |
Desde esas épocas hasta la actualidad,
las sociedades continúan echando mano del calendario festivo, dentro del cual
el tiempo cotidiano queda unánimemente suspendido, y junto a él la normatividad
ética y moral se torna laxa. En la fiesta la persona se despoja de su
personalidad y adquiere la del grupo: la de la comparsa, la del gremio, la de
la cofradía, la de la pandilla. Ello despojará al hombre de las culpas
individuales y lo inducirá a un furor colectivo.
Para que el ambiente festivo termine de
concretarse es indispensable, también, una escenografía que enmascare el paisaje de lo cotidiano. Sobran ejemplos de
espacios públicos caracterizados con el fin de acoger a la fiesta urbana. En
ella, la fachada del edificio más emblemático y la del poblador común quedan
eventualmente uniformizadas con las mismas luminarias, con cintas de colores, o
con el mismo humo de incienso o pólvora. La fiesta es proclive a diluir las
barreras que la sociedad construye en su afán de materializar las jerarquías que
sustentan su organización. En un ambiente festivo campea la tolerancia.
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Salida Procesional. Martín Chambi. |
En algunos casos, la escena urbana se
ve teatralizada por cierta arquitectura efímera construida exprofeso para la
conmemoración. Desde costosos pabellones y arcos triunfales, hasta populares
altares de flores y frutas, todo suma en los afanes comunitarios de alterar el
pulso de los individuos para hacerlo coincidir con el ritmo exacerbado de las
masas; para ello, recursos efectivos resultan también la luz, el sonido, el
olor y cualquier otro medio que anteponga la comunicación sensorial a la
racional.
La luz festiva es eficiente al
rescatar colores impregnados en sus formas y soltarlos en el ambiente gris de
lo cotidiano; es efectiva en su capacidad de disolver los perfiles de los
objetos en favor de atmósferas congregantes; y es útil si llega a revelar el
sentido de lo transitorio. El sonido es parte de la fiesta cuando excediendo
los límites tolerables de lo cotidiano deviene en ruido, llegando muchas veces
al aturdimiento y desequilibrio. Los olores, con su alto poder evocativo,
convocan las esencias más profundas de tiempos que flotan en nuestros
recuerdos.
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El Qoyluur Riti. Martín Chambi. |
Los fuegos de artificio son un ejemplo
eficiente de recurso inductivo para la concreción de un ambiente festivo. La
conquista del cielo y del espacio con sus luces y sonidos nos habla de lo
perecedero de la fantasía y son, al mismo tiempo, una invitación a concentrar
nuestros ímpetus en el instante que se desvanece para dar paso nuevamente a lo
cotidiano.
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