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viernes, 16 de junio de 2017

FIESTA

Advirtiendo la imposibilidad de vivir a perpetuidad bajo los rigores del tiempo ordinario, toda sociedad construye un calendario alterno cuya función consiste en incluir la pausa y la distensión en medio de las rutinas que son propias de los roles que cada quien asume como pago por la vida comunitaria. La división del tiempo humano en ciclos reiterados no es solo una sumisión a las fases astrales; días, semanas, meses, estaciones y años llevan impregnadas las disposiciones humanas hacia la tensión y el relajo.

Carnaval en los Andes. Martín Chambi.


La fiesta, tenga esta un carácter religioso o profano, surge de la necesidad de transgredir las barreras con las que lo habitual nos limita y hace descender los niveles de racionalidad útiles para los comportamientos de la cotidianidad. El cierre de ciclos sean estos cortos o extensos, personales o comunitarios, inducen a los intervalos conmemorativos que en muchos casos se vuelven festivos.

Desde tiempos remotos la estructura de la fiesta planteaba como condición inicial la renuncia a la moderación, para aventurarse por la ruta de los excesos. No es que lo lúdico o lo hedonista hayan constituido el fin primordial; por el contrario, en esas épocas quedaba mucho más claro que eran medios para alcanzar un estado de conciencia alterado proclive para acceder a tiempos y espacios alternos al ordinario. Al interior de ellos revivían los mitos y la convivencia con seres inmateriales se tornaba más certera. La fiesta se entremezclaba con el rito y adquiría sus formas.

Fiesta de la cruz. Martín Chambi

Desde esas épocas hasta la actualidad, las sociedades continúan echando mano del calendario festivo, dentro del cual el tiempo cotidiano queda unánimemente suspendido, y junto a él la normatividad ética y moral se torna laxa. En la fiesta la persona se despoja de su personalidad y adquiere la del grupo: la de la comparsa, la del gremio, la de la cofradía, la de la pandilla. Ello despojará al hombre de las culpas individuales y lo inducirá a un furor colectivo.

Para que el ambiente festivo termine de concretarse es indispensable, también, una escenografía que enmascare el  paisaje de lo cotidiano. Sobran ejemplos de espacios públicos caracterizados con el fin de acoger a la fiesta urbana. En ella, la fachada del edificio más emblemático y la del poblador común quedan eventualmente uniformizadas con las mismas luminarias, con cintas de colores, o con el mismo humo de incienso o pólvora. La fiesta es proclive a diluir las barreras que la sociedad construye en su afán de materializar las jerarquías que sustentan su organización. En un ambiente festivo campea la tolerancia.

Salida Procesional. Martín Chambi.


En algunos casos, la escena urbana se ve teatralizada por cierta arquitectura efímera construida exprofeso para la conmemoración. Desde costosos pabellones y arcos triunfales, hasta populares altares de flores y frutas, todo suma en los afanes comunitarios de alterar el pulso de los individuos para hacerlo coincidir con el ritmo exacerbado de las masas; para ello, recursos efectivos resultan también la luz, el sonido, el olor y cualquier otro medio que anteponga la comunicación sensorial a la racional.

La luz festiva es eficiente al rescatar colores impregnados en sus formas y soltarlos en el ambiente gris de lo cotidiano; es efectiva en su capacidad de disolver los perfiles de los objetos en favor de atmósferas congregantes; y es útil si llega a revelar el sentido de lo transitorio. El sonido es parte de la fiesta cuando excediendo los límites tolerables de lo cotidiano deviene en ruido, llegando muchas veces al aturdimiento y desequilibrio. Los olores, con su alto poder evocativo, convocan las esencias más profundas de tiempos que flotan en nuestros recuerdos.

El Qoyluur Riti. Martín Chambi.

Los fuegos de artificio son un ejemplo eficiente de recurso inductivo para la concreción de un ambiente festivo. La conquista del cielo y del espacio con sus luces y sonidos nos habla de lo perecedero de la fantasía y son, al mismo tiempo, una invitación a concentrar nuestros ímpetus en el instante que se desvanece para dar paso nuevamente a lo cotidiano. 

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